¿Qué pasaba por la mente de este padre? La tragedia de Itumbiara que terminó en ejecución.
Sombras en Itumbiara: El Laberinto de Thales Machado
Capítulo I: La Máscara de la Perfección
En la ciudad de Itumbiara, estado de Goiás, la figura de Thales Naves Alves Machado no era solo la de un ciudadano común; era la personificación del éxito local. A sus 40 años, Thales era un ingeniero agrónomo respetado y ocupaba el cargo de Secretario de Gobierno en la alcaldía. Su estatus social se veía reforzado por su vínculo familiar: era el yerno de Dione Araújo, el actual prefecto de la ciudad.
Quien revisara sus redes sociales encontraba un santuario a la felicidad doméstica. Thales se presentaba con orgullo: “Mi nombre es Thales Machado, soy padre de Miguel, padre de Benício. Estoy casado con Sara, nacido y criado aquí en Itumbiara”. Las fotografías mostraban una familia radiante, siempre unida en los colores del Flamengo, su equipo del corazón. Risas en el estadio, abrazos en el jardín y una complicidad que parecía inquebrantable. Sin embargo, detrás de los píxeles de felicidad, se gestaba una tormenta de posesividad y paranoia que nadie, ni siquiera su círculo más íntimo, alcanzó a dimensionar.

Capítulo II: El Viaje y la Sospecha
La armonía comenzó a resquebrajarse en silencio semanas antes de la tragedia. Thales, un hombre descrito más tarde por especialistas como alguien de “sentimientos de propiedad” más que de amor, empezó a sucumbir ante la desconfianza. Cuando su esposa, Sara, anunció un viaje a São Paulo, el mundo interno de Thales colapsó.
Aunque la policía aún analizaba la procedencia de las pruebas, los rumores en Itumbiara cobraron fuerza rápidamente: Thales habría contratado a un detective privado para seguir a su esposa. En el frío asfalto de la metrópoli paulista, una lente profesional captó imágenes de Sara en un restaurante con otro hombre. Esas fotos y videos, que mostraban una supuesta intimidad, llegaron a manos de Thales como una sentencia de muerte. Para él, no existía el camino del diálogo o el divorcio; en su mente distorsionada, la “traición” era un agravio que solo podía limpiarse con el fin de todo su universo.
Capítulo III: La Última Noche
El miércoles 11 de febrero de 2026, el silencio en el lujoso condominio donde residía la familia era absoluto. Sara estaba lejos. Thales estaba a solas con sus dos hijos: Miguel, de 12 años —una copia fiel de su padre—, y el pequeño Benício, de 8 años.
Cerca de la medianoche, Thales realizó su última publicación. No fue un pedido de ayuda, sino un manifiesto de despedida y una ejecución de su voluntad. En una carta digital, descargó su amargura: “Difícil empezar a escribir, pero todo tiene un fin… Mi esposa salió de Itumbiara para São Paulo a encontrarse con una persona… Solo quería la verdad y el respeto que tú, infelizmente, no tuviste”.
En el texto, pedía perdón a su suegro, el prefecto Dione, y agradecía a sus padres. Pero lo más escalofriante fue el anuncio de su decisión final: “Partimos yo y mis niños, que ahora son ángeles, que infelizmente vinieron conmigo. No iría a conseguir vivir más con estos recuerdos”.
Capítulo IV: El Acto Atroz
Thales no actuó en un arrebato de locura momentánea; la investigación posterior sugeriría una planificación milimétrica. Esperó a que la casa quedara en total quietud. Esperó a que Miguel y Benício, quienes confiaban ciegamente en el hombre que los había llevado a tantos partidos de fútbol, se durmieran profundamente.
Armado con una pistola legalmente registrada, Thales entró en la habitación de sus hijos. Sin darles oportunidad de reacción, disparó directamente a la cabeza de ambos mientras dormían. El horror no terminó ahí: en un estado de desequilibrio total, Thales esparció gasolina por diversos sectores de la casa, aunque finalmente no inició el incendio. Quizás el olor penetrante del combustible fue el último aroma que percibió antes de apuntar el arma contra sí mismo y apretar el gatillo por última vez.
Capítulo V: El Despertar de una Tragedia
Cuando los amigos y familiares, alertados por la publicación en redes sociales, llegaron al condominio, el aire ya estaba cargado de muerte. Los servicios de emergencia encontraron una escena dantesca. Thales estaba muerto. Miguel, el hijo mayor, fue trasladado de urgencia al Hospital Municipal Modesto de Carvalho, pero sus heridas eran incompatibles con la vida y falleció poco después.
Benício, el pequeño de 8 años, fue el último en aferrarse a este mundo. Ingresó en estado crítico y permaneció bajo protocolo de muerte cerebral durante horas. Mientras la ciudad de Itumbiara se sumía en un luto oficial de tres días decretado por la alcaldía, y figuras como el gobernador Ronaldo Caiado enviaban sus condolencias, la esperanza por Benício se desvanecía. Finalmente, los médicos confirmaron lo inevitable: los aparatos fueron desconectados. La familia Machado había sido borrada por la mano de quien debía protegerla.
Capítulo VI: El Juicio de las Sombras
Tras la tragedia, las redes sociales se convirtieron en un campo de batalla. Surgieron los videos del detective, analizados con lupa por internautas que, en un ejercicio de machismo estructural, intentaron culpar a la madre. “Si ella no hubiera viajado…”, “Si ella no hubiera sido infiel…”, decían las voces más crueles.
Sin embargo, la realidad jurídica y humana era otra. El Delegado a cargo del caso fue enfático: no hubo terceros participantes. Thales Machado fue el único arquitecto y ejecutor de la matanza. Su incapacidad para gestionar el fin de una relación y su visión de la esposa e hijos como posesiones personales lo llevaron a cometer el crimen más imperdonable.
Sara, la madre, regresó de São Paulo para encontrar su vida destruida. No hubo palabras para la prensa, solo el silencio de un dolor inconmensurable mientras enterraba a sus dos hijos en la casa de su padre, el prefecto.
Epílogo: Una Lección Sangrienta
La historia de Thales Machado quedó grabada en la memoria de Goiás no como un drama de amor, sino como una advertencia sobre la violencia doméstica y el control posesivo. Itumbiara, con sus banderas a media asta, aprendió que la felicidad que se proyecta en las pantallas a menudo es solo un barniz que oculta grietas profundas en el alma humana.
Los niños, Miguel y Benício, descansan ahora lejos del control de un padre que prefirió verlos muertos antes que fuera de su dominio. La tragedia de Itumbiara permanece como un recordatorio sombrío de que, detrás de un hombre que se dice “intenso y verdadero”, a veces se esconde un egoísmo capaz de devorarlo todo, incluso la vida de quienes más dice amar.