Madre de universitario MUERTO Cristian Martín arremete contra alcalde: “Mi hijo no se SU1C1DØ”

Madre de universitario MUERTO Cristian Martín arremete contra alcalde: “Mi hijo no se SU1C1DØ”

El Vuelo Interrumpido de Cristian: Crónica de una Injusticia en Gachancipá

I. Un Amanecer de Sueños

Bogotá amaneció con el frío habitual de la sabana, pero en la casa de la familia Martín, el ambiente era de orgullo y esperanza. Cristian, un joven de apenas 16 años, no era un adolescente común. Era, en palabras de su madre Janet, “el niño de las ternuras”, una presencia brillante que iluminaba cualquier habitación con su risa.

Ese día, Cristian se despidió con la promesa de siempre: “Vuelvo en la tarde, mamá”. Salió con su mochila cargada de libros y el peso ligero de quien tiene el mundo a sus pies. Recientemente, se había ganado una beca para estudiar en la Universidad El Bosque; era el joven más orgulloso del planeta. Sus metas no tenían fronteras: soñaba con terminar sus carreras, volar a Italia, conocer Roma y España. Quería devorarse el mundo y ejercer con pasión aquello por lo que tanto había luchado en sus últimos días.

Nada en su comportamiento sugería una sombra. No había depresión, no había secretos, no había amenazas. Era, simplemente, un niño feliz que caminaba hacia su futuro.

II. El Silencio y la Corazonada

El reloj marcó las 3:30 de la tarde. En la mesa, Janet y la hermana menor de Cristian esperaban para almorzar, una tradición sagrada de unión familiar. Pero la silla de Cristian permaneció vacía. A las 3:40, la inquietud se transformó en acción. Janet empezó a marcar su número, una, dos, siete veces. El silencio del otro lado de la línea era un grito de alerta.

“Márcale, mami, síguele marcando”, le pidió Janet a su hija antes de tener que salir a trabajar, intentando convencerse de que solo era un retraso. Sin embargo, a las 6:30 de la tarde, mientras cumplía con su jornada, Janet sintió una punzada física en el corazón, un dolor agudo y visceral que solo las madres conocen cuando el hilo invisible que las une a sus hijos se tensa hasta casi romperse. Cristian nunca llegaba tarde sin avisar. Él siempre llamaba: “Mami, estoy en tal lado”. Ese silencio era la confirmación de una tragedia en curso.

III. La Búsqueda Desesperada

Mientras la policía de Bogotá pedía esperar, la familia Martín decidió no quedarse de brazos cruzados. En un acto de desesperación técnica, el padre y los hermanos de Cristian abrieron su computadora portátil. Allí, el rastro digital del joven les dio la primera pista real: la ubicación de su celular marcaba un punto fuera de la ciudad, en Gachancipá, Cundinamarca. Era una zona montañosa, boscosa y desconocida para la familia.

Con la ubicación en mano, el padre de Cristian y sus tíos se desplazaron en moto hacia el municipio. Janet, tras recibir el permiso en su trabajo y con la fe intacta de encontrar a su “bebé” con vida, emprendió el viaje en carro. Al llegar a las faldas de la montaña en Gachancipá, la escena era desoladora. La noche había caído, y el terreno era oscuro y peligroso.

La policía local intentó detenerlos: “No pueden subir, es peligroso, se pueden caer”. Pero el amor de una familia es más fuerte que el miedo a la oscuridad. Sin apoyo de bomberos, sin equipos de rescate oficiales, fueron ellos —sus padres, sus tíos, sus hermanos— quienes treparon entre la maleza, gritando el nombre de Cristian al vacío de la noche, esperando que una respuesta, por débil que fuera, rompiera el silencio.

IV. El Hallazgo y la Indignación

Cerca de la una de la mañana, el teléfono de Janet sonó. Era su esposo. Su voz no era la de alguien que ha encontrado un camino, sino la de alguien que ha caído al abismo. — Amor, yo no sé cómo voy a dar esta noticia… —balbuceó él. — No es cierto, dime que es mentira —suplicó Janet. — Nos quitaron a nuestro bebé.

El cuerpo de Cristian fue hallado en una zona boscosa. Lo más inquietante era que todas sus pertenencias estaban allí; no fue un robo común. El dolor de la pérdida se vio inmediatamente empañado por la negligencia institucional. El alcalde del municipio, un hombre llamado Alfonso, lanzó declaraciones que hirieron más que el propio frío de la montaña. Sin haberse hecho presente, sin haber coordinado la búsqueda, sugirió que el joven se había quitado la vida.

“¡Mentira!”, grita Janet hoy con el alma rota. Un niño becado, con sueños de viajar a Europa, que amaba su vida y a su familia, no se rinde así. La familia sintió el peso de la desigualdad: por ser humildes, sintieron que su dolor valía menos para las autoridades.

V. La Lucha por la Verdad

Los días siguientes fueron un “delirio”. La familia, de escasos recursos, no tenía cómo costear el sepelio. Fue entonces cuando apareció la solidaridad de los desconocidos, “la gentecita” que, conmovida por la historia del estudiante brillante, aportó grano a grano para darle una cristiana sepultura.

Sin embargo, la paz está lejos. Medicina Legal aún no entrega el dictamen definitivo y la Fiscalía avanza con una lentitud que desespera. Janet teme que la pobreza de su familia sea una excusa para el olvido. Ella no busca venganza, busca respuestas: ¿Quién pudo ensañarse con un niño que no le hacía daño a nadie? ¿Por qué estaba en Gachancipá?

VI. El Cierre: Una Promesa de Justicia

Hoy, la habitación de Cristian en Bogotá guarda el eco de sus risas y el aroma de sus sueños de Italia y España. Janet Martín, transformada por el dolor en una mujer de una fortaleza inquebrantable, ha decidido no callar. A pesar de las versiones malintencionadas y de la ausencia de apoyo gubernamental inicial, su mensaje es claro.

Cristian no es solo una cifra en las estadísticas de violencia del país. Es el hijo, el hermano y el estudiante que fue arrebatado de un mundo que necesitaba su luz. La historia de Cristian Martín termina, en esta etapa, con un funeral financiado por el pueblo, pero la verdadera conclusión solo llegará cuando la justicia aclare lo que las sombras de Gachancipá intentaron ocultar.

“No me devolverán a mi hijo”, dice Janet con la mirada fija en el horizonte, “pero saber quién le hizo eso me devolverá un poquito de paz”. El vuelo de Cristian fue interrumpido, pero su memoria vuela hoy más alto que nunca, exigiendo que su nombre no quede en la impunidad.