LE ROBABA EL ALMUERZO A MI COMPAÑERO POBRE TODOS LOS DÍAS PARA BURLARME DE ÉL. PERO CUANDO LEÍ LA NOTA QUE SU MADRE LE HABÍA ESCONDIDO EN LA BOLSA, EL COMIDA SE ME HIZO CENIZA EN LA BOCA.
Yo era el terror del colegio. Me llamo Sebastián. Mi padre era político y mi madre dueña de una cadena de spas. Tenía las mejores zapatillas, el último iPhone y una soledad inmensa en mi mansión. Mi víctima favorita era Tomás. Tomás era el chico becado. Usaba el uniforme de segunda mano, caminaba mirando al suelo y traía su almuerzo en una bolsa de papel marrón arrugada y manchada de aceite.
Todos los días, en el recreo, yo le hacía la misma “broma”. Le arrancaba la bolsa de las manos, me subía a una mesa y gritaba: —”¡A ver qué basura trajo hoy el principito de la favela!”. Tomás nunca peleaba. Solo se quedaba ahí, con los ojos rojos, rogando en silencio que terminara rápido. Yo sacaba su comida (a veces un plátano golpeado, a veces arroz frío) y la tiraba a la basura mientras todos se reían. Luego yo me iba a la cafetería a comprar pizza con mi tarjeta de crédito ilimitada.
Un martes gris, decidí llevar la humillación al siguiente nivel. Le quité la bolsa. Pesaba menos que nunca. —”Uy, hoy viene ligera. ¿Qué pasa, Tomás? ¿Se acabó el dinero para el arroz?”, me burlé. Tomás intentó quitarme la bolsa. —”Por favor, Sebastián, dámela. Hoy no”, suplicó con voz quebrada. Eso me dio más ganas. Abrí la bolsa delante de todos y la sacudí boca abajo. No cayó comida. Cayó solo un trozo de pan duro, sin nada dentro, y un papelito doblado.
Me reí. —”¡Miren esto! ¡Un pan de piedra! ¡Cuidado se rompen los dientes!”, grité. Me agaché para recoger el papelito, pensando que sería una lista de tareas o algo para burlarme. Lo desdoblé y lo leí en voz alta, con tono teatral, para que todos escucharan:
“Hijo mío: Perdóname. Hoy no pude conseguir para el queso ni para la mantequilla. Esta mañana no desayuné para que tú pudieras llevarte este trozo de pan. Es todo lo que hay hasta que me paguen el viernes. Comételo despacio para que te llene más. Saca buenas notas. Eres mi orgullo y mi esperanza. Te ama con toda su alma, Mamá.”
Mi voz se fue apagando a medida que leía. Al llegar a la firma, el patio quedó en un silencio sepulcral. Miré a Tomás. Estaba llorando en silencio, tapándose la cara de vergüenza. Miré el pan en el suelo. Ese trozo de pan duro no era “basura”. Era el desayuno de su madre. Era un sacrificio de hambre física hecho por amor puro. De repente, pensé en mi propia lonchera de cuero italiano que había dejado en el banco. Estaba llena de sándwiches gourmet, jugos importados y chocolates caros. Mi madre ni siquiera sabía qué había dentro; lo preparaba la empleada. Mi madre llevaba tres días sin preguntarme cómo me había ido en la escuela.
Sentí un asco profundo por mí mismo. Yo tenía la barriga llena, pero el corazón vacío. Tomás tenía el estómago vacío, pero estaba lleno de un amor tan grande que su madre era capaz de pasar hambre por él. Me acerqué a Tomás. Todos esperaban que me burlara más. Pero me arrodillé. Recogí el pan del suelo con cuidado, como si fuera una reliquia sagrada, y lo limpié. Se lo puse en la mano junto con la nota. Luego, fui a mi mochila, saqué mi almuerzo de lujo y se lo puse en el regazo. —”Cámbiame el almuerzo, Tomás”, le dije con la voz ronca. “Por favor. Tu pan vale más que todo lo que yo tengo”.
Me senté a su lado y, por primera vez en mi vida, no comí pizza. Comí humildad. Y prometí que mientras yo tuviera dinero en el bolsillo, la madre de Tomás nunca más tendría que saltarse un desayuno.
Reflexión Profunda para llevar:
Nadie es tan pobre que no pueda dar amor, ni tan rico que no lo necesite.
Juzgamos la pobreza por la falta de cosas materiales, y la riqueza por la abundancia de ellas. Pero hay una pobreza mucho más triste: la soledad del que lo tiene todo pero no le importa a nadie. Y hay una riqueza invisible: la del que tiene poco, pero lo comparte todo. Ese trozo de pan valía más que un banquete porque estaba condimentado con el sacrificio de una madre. Antes de burlarte de la “escasez” de alguien, recuerda que quizás esa persona es millonaria en lo único que te vas a llevar de este mundo: el amor de los tuyos.