Juan Pablo Escobar Habla Sobre Maradona 30 Años Después | Lo Que Dice Nadie Lo Esperaba
El eco de un susurro: Medellín, 1993
El 2 de diciembre de 1993, el cielo de Medellín parecía pesar más que de costumbre. Juan Pablo Escobar, con apenas 16 años, se encontraba refugiado en la casa de su abuela. La tensión se podía cortar con un cuchillo; su padre, Pablo Escobar Gaviria, el hombre más buscado del planeta, estaba escondido en algún lugar de la misma ciudad, huyendo de un ejército de enemigos invisibles y reales.
A las 16:00 horas, el silencio de la casa fue roto por el timbre estridente del teléfono. Su abuela contestó. Juan Pablo observó cómo el rostro de la mujer se despojaba de todo color, convirtiéndose en una máscara de mármol pálido. Al colgar, sus ojos inundados en lágrimas buscaron a su nieto.
—Tu padre… tu padre ha muerto —sentenció con voz rota.
El mundo de Juan Pablo se desmoronó. El hombre que para el mundo era un monstruo, para él era su guía. Tres días después, durante el funeral, mientras el joven intentaba procesar el vacío, un comentario captado al vuelo cambió el rumbo de su vida. Cerca del ataúd, dos hombres murmuraban.
—Pablo confiaba en Maradona —susurró uno—. Le pidió ayuda y mira lo que pasó.
Juan Pablo se giró bruscamente, con el corazón acelerado. “¿Qué dijiste?”, espetó. Pero los hombres se escabulleron entre la multitud, dejando tras de sí una semilla de duda que germinaría durante treinta años. ¿Qué tenía que ver el astro del fútbol, Diego Armando Maradona, con la caída del “Patrón”?

Una amistad en la cima del mundo
Para entender el presente, hay que viajar al pasado. En la década de los 80, Pablo Escobar estaba en la cúspide de su poder, controlando el 80% del mercado mundial de cocaína. Sin embargo, el asedio del gobierno y de los Estados Unidos lo obligaba a buscar aliados influyentes. Fanático confeso del fútbol, Pablo puso sus ojos en el joven que maravillaba al mundo: Diego Armando Maradona.
El primer encuentro ocurrió el 15 de junio de 1980 en una de las lujosas mansiones de Escobar. Pablo lo recibió como a un dios: “Diego, es un honor. Soy tu fan número uno”. Maradona, impresionado por el zoológico privado, los hipopótamos y la flota de autos, aceptó la hospitalidad del capo.
Durante los años siguientes, la relación se estrechó. En 1990, Maradona visitó Medellín para jugar partidos privados con los sicarios de Pablo. En 1991, cuando Diego enfrentaba sus demonios con la adicción, Pablo le ofreció su “apoyo”: “Diego, si necesitas algo, solo dime”. Se llamaban “hermanos”. Se confesaban secretos, miedos y planes. Pero lo que ninguno sospechaba era que cada palabra dicha en esos muros estaba siendo monitoreada por la DEA y la inteligencia colombiana.
El error de la última llamada
Llegó 1993, el año del colapso. Pablo estaba solo, paranoico y acorralado. Su organización se desintegraba y su única salida parecía ser Argentina. Pensó que Maradona, con sus conexiones e influencia, podría ayudarlo a ingresar al país de forma clandestina.
El 28 de noviembre de 1993, desde una casa de seguridad en el barrio Los Olivos, Pablo marcó el número de Diego en Buenos Aires. —Necesito salir, Diego. Necesito ir a Argentina —suplicó el capo—. Eres mi única esperanza. Maradona, tras un silencio tenso, respondió: —Déjame hacer unas llamadas. Te aviso en dos días.
Pablo colgó con un suspiro de alivio, creyendo que su “hermano” lo salvaría. Pero la llamada fue un error fatal. Al día siguiente, dos agentes de la DEA visitaron a Maradona en su hogar. El mensaje fue directo: sabían de la llamada y sabían de sus problemas legales en Italia y sus deudas con la justicia por drogas.
—Ayúdanos a localizar a Escobar y tus problemas desaparecerán —le ofrecieron.
Maradona estaba en una encrucijada imposible: lealtad a un amigo o su propia libertad. El 30 de noviembre, Diego volvió a hablar con Pablo. —Tengo un contacto —mintió Maradona—. Pero necesito saber tu ubicación exacta para enviar el avión privado. Confiado, Pablo entregó las coordenadas: Barrio Los Olivos, Medellín.
La verdad revelada
Dos días después, el 2 de diciembre, el Bloque de Búsqueda rodeó la casa. Tras un tiroteo de 30 minutos, Pablo Escobar yacía muerto en un tejado. La versión oficial habló de tecnología de triangulación de radio, pero la duda sobre la traición humana siempre flotó en el aire.
Treinta años después, Juan Pablo Escobar (ahora bajo el nombre de Juan Sebastián Marroquín) decidió llegar al fondo del asunto. Con la ayuda del periodista Mauricio Restrepo, contactó a un ex-agente de la DEA retirado en Miami. —La información de la ubicación de tu padre vino de una fuente en Argentina —confirmó el agente—. Alguien en quien Pablo confiaba plenamente.
Aunque el agente no pronunció el nombre de Maradona, su sonrisa ante la mención del futbolista fue suficiente para Juan Pablo. En mayo de 2023, Juan Pablo se sentó frente a las cámaras de un programa de televisión argentino y soltó la bomba: —Diego Armando Maradona traicionó a mi padre. Él dio la ubicación a las autoridades. Mi padre lo consideraba un hermano y él lo entregó.
Conclusión: El peso de las leyendas
La revelación sacudió al mundo. La familia de Maradona, encabezada por su hija Dalma, negó rotundamente las acusaciones, calificándolas de mentiras. Sin embargo, Juan Pablo presentó registros telefónicos y testimonios que sugerían una cronología de eventos difícil de ignorar.
Diego Maradona falleció en 2020, llevándose su versión de la historia a la tumba. Pablo Escobar murió creyendo que su amigo lo salvaría. Hoy, la historia de estos dos titanes —uno del deporte y otro del crimen— queda marcada por una sombra de sospecha. ¿Fue Maradona un informante bajo presión o simplemente una víctima de las circunstancias?
Lo único cierto es que el 2 de diciembre de 1993 no solo terminó la vida del narcotraficante más poderoso del mundo, sino que también nació uno de los misterios más grandes de la historia contemporánea. Una amistad que nació entre lujos y terminó en un tejado de Medellín, sellada por una llamada que nunca debió ocurrir.