FEMICIDIO DE THANIA SANTILLÁN: EL HECHO QUE CONMOCIONA A LA COMUNIDAD Y LOS TESTIMONIOS EMOTIVOS
El Silencio de Las Tinajas: La Historia de Tania Santillán
La provincia de Santiago del Estero, en el norte argentino, suele ser una tierra de soles fuertes y siestas largas. Sin embargo, aquel febrero de 2026, el aire se volvió pesado, cargado con el luto de una tragedia que se repetía por segunda vez en menos de una semana. Primero fue Ramona Medina en las Termas; ahora, el nombre que recorría las calles con dolor era el de Tania Santillán, una joven de apenas 22 años cuya luz fue apagada de forma violenta y prematura.
I. Una vida de sueños y servicio
Tania no era una desconocida en el barrio General Paz, en la capital santiagueña. Aunque su familia —integrada por sus padres de apellido Paz y Santillana, y su hermana— era originaria de una pequeña localidad del interior llamada Las Tinajas, se habían radicado en la capital cuando Tania tenía solo 10 años. Allí, en la esquina de las calles Alta Gracia y Ayacucho, la joven creció rodeada del cariño de sus vecinos.
Quienes la conocieron coinciden en un retrato casi angelical: Tania era el “alma de la fiesta”, pero también el refugio de los que sufrían. Estaba cursando el segundo año de la carrera de Enfermería en la Escuela Normal y ya se preparaba para ingresar al tercero. Su vocación no era casual; Tania tenía una inclinación natural por cuidar de los demás. Pablo, uno de sus compañeros más cercanos, la recordaba entre lágrimas: “Cuando yo me sentía triste, ella me abrazaba. Siempre estaba dispuesta a ayudar”.
Pero Tania no solo cuidaba humanos. Su amor por los animales era legendario en el barrio. Defensora acérrima de los perros y gatos callejeros, solía compartir videos y fotos de rescates, y no dudaba en intervenir si veía a una criatura en peligro. Además, tenía una faceta artística que pocos olvidarán: le encantaba pintar y, sobre todo, cantar. Su ídolo era la cantante de cumbia “Karina, la Princesita”. En las reuniones con sus compañeros de estudio, como la última gran fiesta que compartieron en noviembre en casa de su amiga Virginia, Tania siempre terminaba con un micrófono en la mano, interpretando canciones con una alegría que contagiaba a todos.

II. El viaje sin retorno
El fin de lo que parecía una vida prometedora comenzó con un viaje hacia sus raíces. Aprovechando los días de descanso, Tania decidió viajar a Las Tinajas, en el departamento Moreno, para visitar a sus abuelos y tíos, y para disfrutar de los corsos (carnavales) locales. Para su familia, era un viaje de rutina, un reencuentro con el hogar de la infancia.
Lo que nadie en su círculo íntimo sabía era que Tania mantenía una relación —o al menos un vínculo cercano— con un hombre llamado Diego Salto. La joven, descrita por sus amigos como alguien reservada en sus asuntos personales, no había dado señales de alerta. Quizás por miedo, quizás por la esperanza de que las cosas no pasaran a mayores, Tania guardó silencio sobre el hombre que se convertiría en su verdugo.
El encuentro en Las Tinajas fue el escenario del horror. No hubo testigos directos del momento del ataque, pero el desenlace fue devastador. Tania fue asesinada, convirtiéndose en la víctima del segundo femicidio en la provincia en apenas siete días.
III. El asedio y la captura
La noticia del hallazgo del cuerpo de Tania sacudió a la policía provincial. Al llegar al lugar, se encontraron con una escena dantesca: Diego Salto, el principal sospechoso, se había atrincherado cerca del cadáver de la joven. En sus manos sostenía el arma de fuego, la misma que presumiblemente había utilizado para terminar con la vida de Tania.
Durante seis tensas horas, distintas divisiones de la policía de Santiago del Estero rodearon el lugar. El operativo fue amplio, buscando evitar que el agresor se quitara la vida o hiriera a alguien más. Finalmente, tras horas de negociación y presión policial, Salto se entregó. Fue detenido e imputado de inmediato, mientras la fiscal Fernández se hacía cargo de la investigación, trasladándose personalmente al departamento Moreno para recolectar pruebas.
IV. Un dolor compartido y un grito de justicia
En el barrio General Paz, la noticia cayó como un rayo. Karina, una vecina que vive frente a la casa de la familia Santillán, no podía contener el llanto. Para ella, el dolor era doble: hace cuatro años, ella misma había perdido a una hija en circunstancias casi idénticas.
“Era una chica sin maldad”, decía Karina ante las cámaras de los medios locales. “Creo que en mi edad es la primera vez que veo a una persona tan sana, tan buena. Esto podría haber sido evitable”. Las palabras de Karina reflejaban el sentimiento de toda una comunidad que se siente desprotegida por el sistema judicial. Su reclamo era claro y contundente: “Si la justicia actuara desde el primer intento de violencia, si las leyes fueran más duras contra estos hombres, los femicidios pararían. Hay que terminar con este machismo”.
Mientras tanto, en las redes sociales, sus compañeros de enfermería inundaban los muros con mensajes de despedida. Fotos de Tania sonriendo en la Escuela Normal, videos de ella cantando karaoke y anécdotas sobre su solidaridad se convirtieron en un altar digital.
V. Conclusión: El último capítulo
El caso de Tania Santillán no es solo una cifra más en las estadísticas de violencia de género en Argentina; es la historia de una vocación de servicio interrumpida. Al ser trasladado Diego Salto a la capital para su declaración indagatoria, la sociedad santiagueña permanece en vilo, exigiendo que el peso de la ley caiga sobre él con la máxima rigurosidad.
Hoy, la casa de la calle Alta Gracia permanece en silencio. Ya no se escuchan las canciones de la Princesita, ni se ven los dibujos de Tania, ni se siente el ajetreo de la estudiante que soñaba con curar a los demás. Sin embargo, su recuerdo permanece vivo en los corazones de quienes recibieron uno de sus abrazos o escucharon una de sus canciones. Tania Santillán se ha convertido en una bandera de lucha en Santiago del Estero, un recordatorio urgente de que la protección a las mujeres no puede seguir esperando.
La justicia tiene ahora la palabra, mientras una familia y todo un barrio intentan aprender a vivir con el eco de una voz que fue silenciada demasiado pronto.