Nadie se detenía. Ni la señora elegante que apresuraba el paso con sus tacones, ni el chavo con audífonos que ni volteó a ver, ni el taxista que miró por el retrovisor y simplemente siguió de largo. El bebé apenas suspiraba, con los ojos vidriosos y los labios morados. Carmen temblaba, empapada, abrazando a su hijo con fuerza, como si en ese abrazo pudiera protegerlo de un mundo que parecía ignorarlos por completo.
Nadie se detenía. Ni la señora elegante que apresuraba el paso con sus tacones, ni el chavo con audífonos que ni volteó a ver, ni el taxista que miró por el retrovisor y simplemente siguió de largo. El bebé apenas suspiraba, con los ojos vidriosos y los labios morados. Carmen temblaba, empapada, abrazando a … Read more