De Abogada a PRÓFUGA: Así Vivió Tania Varela AÑOS Escondida en España
El Enigma de la Narcoabogada: La Vida y Fuga de Tania Varela
Muchos creyeron que la historia de Tania Varela terminó cuando fue condenada, pero su huida se convirtió en una de las más largas y humillantes para la policía española. Durante años, la narcoabogada más buscada de Europa vivió tranquilamente en Cataluña sin que nadie la descubriera, desafiando a un sistema que la buscaba por cielo y tierra. Esta es la crónica de una mujer que pasó de defender la ley a convertirse en una pieza clave del engranaje criminal.
La noche que lo cambió todo
La noche del 18 de diciembre de 2008 no parecía distinta a cualquier otra en el centro de Madrid. Faltaba apenas una semana para Navidad y el ambiente era tranquilo, casi rutinario. Alfonso Díaz Moñux, un prestigioso abogado penalista de 45 años, regresaba a casa tras una jornada de trabajo. Conducía su Mercedes por una calle residencial poco transitada, acompañado por su pareja, Tania Varela, quien iba sentada en el asiento del copiloto.
Alfonso no era un abogado cualquiera. Estaba especializado en casos complejos relacionados con el narcotráfico y el crimen organizado, lo que lo había puesto en el radar de personas extremadamente peligrosas. Durante el año previo, había denunciado en varias ocasiones que estaba siendo vigilado; habló de seguimientos, de fotografías furtivas y de amenazas directas. En una de ellas, le advirtieron con frialdad que enviarían a un sicario para matarlo.
Esa noche, mientras Alfonso accionaba el mando del garaje con la mano derecha, el destino lo alcanzó. Tania, según su declaración posterior, estaba agachada buscando unas llaves en su bolso. En ese instante, dos hombres encapuchados aparecieron de la nada. Sin mediar palabra, uno de ellos se acercó a la ventanilla y disparó dos veces a la cabeza del abogado.

Alfonso murió prácticamente en el acto. Tania salió ilesa, no por azar, sino porque el objetivo era preciso. El ángulo del disparo y la rapidez de la ejecución apuntaban a un crimen profesional, un “encargo” estudiado sin margen de error. En medio del caos, un testigo afirmó haber escuchado a Tania gritar: “¡Malditos colombianos!”, una frase que los investigadores pusieron en duda, dada la rapidez del ataque. Más tarde se supo que a los sicarios se les pagó 60.000 euros por “darle la vueltica” al abogado.
El origen de una doble vida
Para entender cómo una abogada terminó en el asiento del copiloto de un Mercedes bajo una lluvia de balas, hay que viajar a Cambados, Pontevedra. María Tania Varela Otero nació en 1974 en el corazón de las Rías Baixas. Fue una estudiante aplicada y metódica que se licenció en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela.
En 2001, su carrera parecía ejemplar: fue nombrada directora del Centro de Información a la Mujer (CIM) de Cambados, donde ayudaba a víctimas de violencia de género. Era una profesional respetada y comprometida. Sin embargo, en 2005, el destino llamó a su puerta en la forma de un cliente: David Pérez Lago, hijastro del histórico capo Laureano Oubiña.
Lo que comenzó como una consulta urbanística derivó en una relación sentimental y, posteriormente, criminal. Tania dejó de ser solo una abogada para convertirse en la gestora logística de una red de narcotráfico. Ella no tocaba el fardo, pero coordinaba mensajes, compraba teléfonos satelitales y gestionaba los contactos con las mafias colombianas. Su formación legal era su mejor arma: sabía cómo blanquear capitales y cómo moverse en los límites del sistema para que el dinero sucio pareciera legal.
En 2006, la suerte se truncó. Un alijo de dos toneladas de cocaína fue interceptado y Pérez Lago fue detenido. Tania también cayó, siendo enviada a prisión provisional. La imagen de la defensora de mujeres maltratadas entrando en el juzgado con la capucha puesta conmocionó a Galicia. Aunque salió en libertad meses después, su vínculo con el “narco” era ya imborrable. Fue entonces cuando inició su relación con Alfonso Díaz Moñux, el abogado que terminaría asesinado a su lado.
La condena y la gran humillación
En 2011, la Audiencia Nacional dictó sentencia: 7 años de cárcel por tráfico de drogas y una multa astronómica de 318 millones de euros. En 2013, cuando debía ingresar en prisión para cumplir su pena, Tania Varela simplemente desapareció.
Se convirtió en un fantasma. Fue la única mujer española incluida en la lista de los más buscados de Europol. Las teorías sobre su paradero eran infinitas: algunos decían que estaba en Portugal, otros que se escondía en Suecia, e incluso hubo quien sugirió que había sido asesinada para asegurar su silencio.
Sin embargo, la realidad era mucho más sencilla y, por ello, más humillante para el Estado. Durante cinco años, Tania no cruzó fronteras ni se escondió en una mansión blindada. Vivía en Sitges, Cataluña. Bajo una identidad falsa, llevaba una vida absolutamente anodina, dedicada a criar a su hija y frecuentar parques infantiles. Su estrategia fue el silencio absoluto; pasar desapercibida en una comunidad donde nadie la conocía.
La caída del velo
El final de su libertad llegó de forma inesperada en 2018. Tras la “Operación Mito”, que desmanteló la red de Sito Miñanco, los Mossos d’Esquadra recibieron un aviso sobre una mujer sospechosa en un parque de Sitges. Tras varios días de vigilancia discreta, los agentes intervinieron. Aunque ella intentó identificarse con documentos falsos, el cotejo de huellas en comisaría no dejó lugar a dudas: la prófuga más buscada había sido capturada.
Tania pasó de la clandestinidad a la celda sin hacer ruido, manteniendo el mismo perfil bajo que usó para burlar a la justicia durante media década. En prisión, sus compañeras relataron que vivía bajo una vigilancia extrema, no por su peligrosidad, sino por el miedo a que sufriera represalias de los clanes con los que una vez colaboró.
Conclusión: Las sombras del sistema
La historia de Tania Varela no es solo el relato de una caída en desgracia; es un espejo de las grietas del sistema judicial español. Su capacidad para esconderse a plena vista mientras criaba a una hija demuestra que, a veces, la normalidad es el mejor escondite.
Su figura rompe el estereotipo del narcotraficante marginal. Tania era una mujer culta, con poder y estudios, que eligió cruzar la línea roja. Al final, el asesinato de Alfonso Díaz Moñux quedó como una mancha de sangre en su expediente que nunca pudo limpiar, cambiando sus versiones de los hechos entre la acusación directa y una supuesta amnesia por shock.
Hoy, Tania cumple su condena en la sombra. Su vida es el recordatorio de que el narcotráfico no solo se nutre de lancheros y sicarios, sino también de despachos de abogados y mentes brillantes que deciden poner su talento al servicio del crimen. La sociedad, mientras tanto, observa con escepticismo cómo el dinero y la influencia pueden dilatar la justicia hasta casi hacerla desaparecer.