El Caso de SARA ZAMBRANO | QUEMADA por sus Compañeros
El Renacer de Sara: Crónica de un Infierno y la Lucha por la Justicia
Pasto, Colombia, suele ser una ciudad de clima fresco y calles vibrantes, un lugar donde los sueños de los jóvenes se entrelazan con las tradiciones culturales. Allí vivía Sara Yuliana Zambrano Maya, una adolescente de 15 años que amaba bailar, estudiar y compartir risas con sus amigos. Como en muchos hogares colombianos donde la economía aprieta, Sara deseaba independencia y ayudar a los suyos. Aquel fatídico 23 de julio de 2025, su motivación era noble: quería ganar unos pesos extra para comprarle un regalo de cumpleaños a su hermana mayor.
Esa mañana, Sara aceptó un trabajo aparentemente inofensivo en una fábrica de perfumes. El lugar, sin embargo, era una operación clandestina, un inmueble improvisado sin señalización ni protocolos de seguridad. Para Sara, solo era una oportunidad; para el destino, era una trampa mortal.

El día que el mundo ardió
La jornada transcurría con normalidad entre frascos y etiquetas, hasta que el horror entró por la puerta. Cuatro jóvenes, algunos conocidos del colegio de Sara, irrumpieron en el local. No buscaban trabajo ni perfumes. Con una crueldad inexplicable, rociaron alcohol sobre Sara y otra menor que la acompañaba. Antes de que pudieran reaccionar, los agresores prendieron fuego y cerraron la puerta, convirtiendo la habitación en una cámara de tortura.
El alcohol actuó como un combustible letal. Los gritos de agonía se mezclaron con el crepitar de las llamas y el humo espeso. La otra joven, atrapada en el epicentro del ataque, no logró sobrevivir; su vida se extinguió días después en el hospital. Pero Sara, en un acto de supervivencia instintiva, logró emerger del infierno.
Su padre recuerda el momento con una nitidez desgarradora: “Mi otra hija llegó gritando que Sarita se quemaba. Salí corriendo, sin camisa, sin zapatos”. Al llegar, encontró una escena de pesadilla. Sara bajaba las gradas envuelta en llamas. Cuando el fuego fue sofocado, lo único que permanecía intacto eran sus zapatos; el resto de su cuerpo era una herida abierta.
La batalla en la Unidad de Quemados
Sara fue trasladada de urgencia al Hospital Universitario del Valle. El diagnóstico era aterrador: quemaduras en el 80% de su cuerpo. En términos médicos, tal extensión de daño suele considerarse incompatible con la vida. Sin embargo, el corazón de Sara se negó a dejar de latir.
Durante seis meses, su hogar fue una cama de hospital. La adolescente cambió los libros por un calendario de dolor físico inimaginable. Se enfrentó a más de 70 cirugías, limpiezas profundas e injertos que a menudo fallaban debido a infecciones recurrentes. Su familia lo dejó todo por ella. Sus padres abandonaron sus empleos en Pasto para mudarse a Cali, sobreviviendo gracias a la caridad de desconocidos, mientras su hermana mayor suspendía sus estudios para convertirse en su enfermera de tiempo completo.
El dolor de Sara no era solo físico. Al verse al espejo, el trauma emocional la golpeaba con la misma fuerza que el fuego. “Miren cómo me veo y ellos no han hecho nada”, solía decir, refiriéndose a sus agresores. Cada cicatriz en su pecho, brazos y rostro era un mapa de la crueldad humana, y cada movimiento de sus articulaciones rígidas era un recordatorio de lo que le habían arrebatado.
El laberinto de la impunidad
Mientras Sara luchaba por recuperar la movilidad de su cuerpo, su familia comenzó una segunda batalla: el enfrentamiento contra el sistema judicial. A pesar de que Sara ha rendido declaración dos veces, identificando a quienes la atacaron, la justicia parece caminar a paso de tortuga.
Increíblemente, la Fiscalía catalogó inicialmente el ataque como “lesiones personales”, ignorando que fue un intento de homicidio deliberado y un feminicidio en grado de tentativa. Los presuntos responsables no solo siguen libres, sino que sus familias han iniciado un acoso judicial contra los padres de Sara. Han interpuesto tutelas para evitar que los nombres de los agresores se mencionen públicamente, intentando silenciar la historia bajo amenazas de demandas por calumnia.
Esta revictimización es una herida que no cierra con injertos de piel. La familia de Sara se siente abandonada por el Estado, dependiendo de donaciones para cubrir los costosos tratamientos de rehabilitación y medicamentos que el sistema de salud no garantiza con la urgencia necesaria.
Un final que es un nuevo comienzo
Hoy, la historia de Sara Yuliana no tiene un “punto final” de felicidad absoluta, pero sí uno de resiliencia inquebrantable. Sara ha sobrevivido a lo impensable. Aunque su piel lleve las marcas del fuego y su vida diaria sea una rutina de ejercicios terapéuticos y cuidados constantes, su espíritu permanece en pie.
Ella ya no es solo una víctima; es un símbolo de resistencia en un país que a menudo olvida a sus jóvenes. Su lucha ha movilizado a miles de personas en redes sociales que exigen que la impunidad no sea el capítulo final de este relato.
El cierre de esta historia se escribe cada mañana cuando Sara decide levantarse, enfrentar el dolor y exigir su lugar en el mundo. El fuego pudo haber consumido su piel, pero no pudo quemar su dignidad ni la esperanza de una familia que no descansará hasta que los responsables paguen por su crimen. La justicia puede estar dormida, pero la voz de Sara es lo suficientemente fuerte como para despertarla.