ENSALADA DE ESPOSA: CÓMO UN MARIDO AMOROSO RELLENÓ A SU PROPIA ESPOSA

ENSALADA DE ESPOSA: CÓMO UN MARIDO AMOROSO RELLENÓ A SU PROPIA ESPOSA

Sombras en Shilino: El Banquete de la Desesperación

El calor de julio de 1995 era una presencia física en el pueblo de Shilino. A tan solo 20 kilómetros de Moscú, este asentamiento era el retrato de la supervivencia post-soviética: 200 casas de madera, una tienda solitaria y el polvo de las calles que nunca conocieron el asfalto. Allí, la vida se medía en turnos de fábrica y botellas de vodka. Nadie, ni el vecino más perspicaz, podía imaginar que tras las paredes de una de esas casas, Víctor Semionovic Morgunov, un mecánico de 40 años con manos curtidas por el metal y la grasa, estaba cometiendo un sacrilegio que borraría la paz del pueblo para siempre.

Una Familia en el Abismo

Víctor no siempre fue un monstruo. En 1978, cuando se casó con Liudmila Covaleva, era un joven prometedor. Liuda era la joya de la región: alta, de ojos azules como el cielo de invierno y una sonrisa que iluminaba las humildes fiestas de pueblo. Tuvieron dos hijos, Sergei y Marina, y durante una década, fueron el estándar de la familia trabajadora.

Sin embargo, el colapso de la Unión Soviética trajo consigo un colapso personal. Los salarios en la fábrica Centrolit se retrasaban meses. La desesperanza se filtró en los huesos de Víctor, y el alcohol se convirtió en su único refugio. Para finales de los 80, el hombre trabajador había dado paso a un borracho violento. Los hijos, buscando escapar de la atmósfera asfixiante de los gritos y el olor a tabaco barato, se marcharon en cuanto pudieron.

El Despertar de los Celos

En 1995, Víctor y Liudmila vivían como extraños bajo el mismo techo. A sus 37 años, Liuda conservaba una belleza que el sufrimiento no había logrado apagar. Empezó a cuidarse, a usar maquillaje, a buscar una salida. Los rumores en Shilino corren más rápido que el viento: se decía que tenía un amante, un conductor de autobuses llamado Nikolay.

Para Víctor, cuya mente estaba erosionada por el vodka, estos rumores eran ácido. Los celos se convirtieron en una paranoia devoradora. “Todas las mujeres son iguales”, les decía a sus amigos entre tragos, “si la pillo, la mataré”. Sus camaradas reían, pensando que era solo la bravuconada de un borracho. No conocían el abismo que se abría en su interior.

La Noche del Crimen

El 2 de julio de 1995, Liudmila regresó a casa tarde. Había pasado el día con Nikolay, saboreando una libertad que sabía a despedida; planeaba ahorrar dinero y huir. Al entrar en la cocina, se encontró con la mirada gélida de Víctor. Él ya había llamado a su hija Marina, confirmando que Liuda no estaba allí como había mentido.

— “¿Dónde estabas?” —preguntó Víctor con una calma antinatural. — “Con Marina…” —alcanzó a decir ella antes de que el primer golpe la derribara.

Lo que siguió fue una explosión de violencia animal. Víctor la arrastró por el cabello mientras ella suplicaba, arañando el suelo de madera. Los vecinos oyeron los gritos, pero en Shilino, los gritos domésticos eran el ruido de fondo de las noches de alcohol. Nadie llamó a la puerta. En un frenesí de ira, Víctor cerró sus manos alrededor del cuello de su esposa. Apretó hasta que el brillo de los ojos azules se apagó, hasta que el cuerpo de la mujer que una vez amó quedó inerte sobre el suelo frío.

Un Plan Monstruoso

Al recobrar la sobriedad parcial, el pánico no lo llevó a la policía, sino a la carnicería. Víctor era un hombre de campo; sabía cómo desollar un cerdo, cómo separar la carne del hueso. Con un cuchillo de cocina, una sierra y un hacha, transformó su hogar en un matadero.

Durante horas, trabajó metódicamente. Los órganos internos fueron quemados en la estufa, llenando el pueblo con un olor acre que los vecinos confundieron con basura quemada. Pero la carne… la carne de los muslos y los hombros fue cortada en trozos perfectos, envuelta en plástico y guardada en el refrigerador. Los huesos y la cabeza terminaron en bolsas de arpillera, ocultas bajo una lona en el cobertizo.

La Ensalada de la Infamia

El 10 de julio, Víctor decidió que no podía consumir “el producto” solo. Invitó a sus amigos de la fábrica, Colya y Petrovic. Sobre la mesa, junto al vodka, colocó un gran bol de ensalada: carne hervida, patatas, zanahorias y abundante mayonesa.

— “Está delicioso, Vitia”, dijo Petrovic mientras masticaba. “¿Mataste un cerdo?” — “Algo así”, respondió Víctor con una sonrisa macabra. “Fresco, de hace unos días”.

Los hombres brindaron y comieron, alimentándose de la mujer que días antes los saludaba en la calle. Fue el acto final de la deshumanización de Víctor.

El Descubrimiento

La mentira de Víctor comenzó a desmoronarse cuando su hija Marina, extrañada por el silencio de su madre, insistió ante la policía. El teniente Petrov, inicialmente escéptico, acudió a la casa para un registro de rutina. Víctor, confiado por su propia audacia, les permitió entrar.

Fue en el cobertizo donde el horror cobró forma. Al levantar la lona, Petrov desató una bolsa y retrocedió horrorizado: un cráneo humano con restos de cabello claro lo observaba desde el fondo. Víctor se derrumbó en una caja, con la mirada perdida, y simplemente susurró: “Es Liudka”.

El Fin de un Monstruo

El juicio en diciembre de 1995 conmocionó a Rusia. Cuando Colya y Petrovic se enteraron de lo que realmente habían cenado esa noche de julio, sus vidas se quebraron; los informes médicos hablan de traumas psicológicos permanentes.

Víctor fue condenado a 15 años de prisión en un régimen estricto. Se salvó de la ejecución solo porque Rusia había instaurado una moratoria sobre la pena de muerte ese mismo año. En la colonia penal de Mordovia, incluso los criminales más endurecidos le dieron la espalda. El “caníbal de Shilino” murió en su celda en 2002, víctima de un ataque al corazón, solo y despreciado por el mundo.

Hoy, en el pueblo de Shilino, el recuerdo de aquel verano sigue vivo. Las familias ya no comparten ensaladas de carne en las fiestas. La casa de los Morgunov fue abandonada, pero el estigma permanece como un recordatorio de que, a veces, detrás de la cara de un vecino corriente, puede esconderse un abismo de maldad absoluta.