Fui CHÓFER de PAQUIRRI y la noche antes de morir me dijo algo que me persigue
El Hombre detrás del Traje de Luces: La Confesión de Manuel
Me llamo Manuel, tengo 71 años y, durante casi dos años, fui el chófer personal de Francisco Rivera, “Paquirri”. Lo que me dijo la noche antes de morir, sentado en el asiento trasero de aquel Mercedes negro, me ha perseguido cada día de mi vida durante estos 42 años. Me hizo prometer que nunca se lo contaría a nadie. Pero han pasado más de cuatro décadas; ya no quedan muchos testigos de aquella época y creo que la gente tiene derecho a saber quién era realmente el hombre detrás del mito. Porque lo que vi esa noche me hizo entender por qué Paquirri entró a ese ruedo sabiendo que algo iba a pasar.
El Comienzo del Silencio
Empecé a trabajar para Don Francisco en el verano del 82. Yo tenía 29 años, acababa de sacarme el carnet profesional y la suerte me sonrió a través de un amigo en la ganadería de los hermanos Peralta. “Busca a alguien de confianza, Manuel”, me dijo. “Alguien que sepa callarse”. Yo, criado en un pueblo de Sevilla donde el silencio es una virtud, encajaba perfectamente.
La primera vez que lo vi, me impresionó. En la televisión era elegante, pero en persona, su presencia era arrolladora. Medía casi 1,85 m, caminaba con el pecho hacia fuera y olía a una colonia cara que yo no podría costear ni en sueños. Me dio la mano con una fuerza que calaba y sentenció: “Manuel, aquí vas a ver cosas que no puedes contar. ¿Entendido?”. Yo asentí, sin imaginar el peso de aquellas palabras.
Pronto descubrí que Paquirri eran dos hombres. En público, era el galán de España, el flamante esposo de Isabel Pantoja. Pero al cerrar la puerta del Mercedes, la máscara caía. Se quedaba mudo, fumando sin parar, soltando suspiros que partían el alma. Era un hombre que lo tenía todo —fama, dinero, la mujer más deseada— y, sin embargo, estaba vacío por dentro.

El Espejismo de Cantora
En octubre del 83, tras una cena en Sevilla donde el olor a whisky delataba su cansancio, me pidió algo inusual: “Llevame a casa de mi madre, Manuel. No a la mía, a la de mi madre”. Ignoró el lujo de Cantora para quedarse diez minutos mirando la fachada de la casa donde fue niño en la calle Sierpes. Al volver al coche, soltó una frase que me heló: “A veces echo de menos cuando solo era Paco y no tenía que ser Paquirri”.
Fue entonces cuando empecé a entender que su matrimonio con Isabel era, en gran medida, un contrato de conveniencia. Ella buscaba la respetabilidad de ser “la mujer del torero” y él la imagen de estabilidad. Pero el amor real, ese que hace que la vida valga la pena, estaba en otro lado. Estaba en Huelva, en una perfumería, y se llamaba Carmen.
Carmen era una mujer morena, guapísima, de unos treinta años. Cuando los llevaba a sus encuentros secretos en un barrio de clase media de Sevilla, Don Francisco se transformaba. Al abrazarla, parecía finalmente en paz. Un día, me miró por el retrovisor y me preguntó si quería a mi mujer. Al decirle que sí, con toda mi alma, respondió con amargura: “No la dejes nunca. No cometas mi error. No te cases por lo que digan los demás, cásate por lo que sientas tú”.
El secreto se volvió más profundo cuando descubrí a la niña. Una pequeña de tres años, de ojos oscuros, idéntica a él. Ver al gran torero jugar con su hija secreta en una finca de Carmona era ver a un hombre roto por la imposibilidad de ser padre ante el mundo. Esa doble vida lo estaba consumiendo; bebía más, hablaba menos y su mirada se perdía en un horizonte que solo él veía.
La Última Noche en Pozoblanco
Llegó el 26 de septiembre de 1984. La noche antes de la tragedia en Pozoblanco. Don Francisco no cenó; estaba encerrado en su habitación y, cerca de las once de la noche, me pidió conducir sin rumbo. Tras una hora de silencio bajo una luna llena imponente, me pidió parar en un descampado.
“Manuel, si mañana me pasa algo, quiero que le digas a Carmen que la quise de verdad. Que ella y la niña fueron lo único real en mi vida; todo lo demás fue mentira”. Me entregó un sobre blanco con el nombre de Carmen escrito a mano. Traté de calmarlo, pero él ya lo sabía: “Mañana algo va a pasar. Lo siento toda la semana”.
Al día siguiente, a las 5:15 de la tarde, el toro Avispado le arrebató la vida. Mientras el mundo lloraba al mito, yo sentía el sobre quemándome en el bolsillo. Cumplí mi promesa. Tres días después del entierro, le entregué la carta y un cheque a Carmen. Ella lloró durante veinte minutos. Yo me fui de allí con el peso de una verdad que nadie más conocía.
El Encuentro con la Viuda
Meses después, en diciembre, Isabel Pantoja me citó en Cantora. Estaba sola. Me preguntó directamente: “Manuel, ¿tú sabes si Francisco tenía otra mujer, verdad?”. La honestidad me pudo y le conté todo. Esperaba gritos, pero recibió mis palabras con una calma aterradora.
“Yo ya lo sabía, Manuel”, me confesó entre lágrimas. Me explicó que el matrimonio fue un acuerdo: ella quería dejar de ser solo “la artista” para ser una señora, y él necesitaba una esposa de su altura. “Paco me lo confesó antes de casarnos. Lo peor es que yo sí me enamoré de él, pero él nunca pudo amarme porque su corazón era de Carmen”.
Entendí entonces que ambos estaban presos de una farsa. Isabel nunca se volvió a casar durante años no por fidelidad al mito, sino porque estaba rota, sabiendo que nunca tuvo el amor del hombre que dormía a su lado.
El Peso del Pasado
Durante 42 años me he preguntado: ¿Y si hubiera hablado? ¿Y si le hubiera dicho que dejara a Isabel y viviera su verdad con Carmen y su hija? ¿Habría tenido otra energía frente a Avispado? Nunca lo sabré. Yo era solo el chófer, un “don nadie” en una España donde los empleados no aconsejaban a los señores.
Hoy veo a la hija de Paquirri por Sevilla. Ella no sabe quién soy, pero yo veo los ojos de su padre en ella. Me duele que Carmen nunca pudiera llorarlo en público, que esa niña creciera sin el apellido de un héroe. A Paquirri no lo mató solo el toro; lo mató la mentira. Lo mató la exigencia de una época que no permitía la debilidad ni el escándalo.
He decidido contar esto a mis 71 años porque la verdad, aunque tarde, debe salir a la luz. No para destruir el mito, sino para humanizar al hombre. Paco fue un hombre que se equivocó, que amó en la sombra y que murió con el alma cansada de fingir.
He vivido una vida sencilla con mi Loli, sin lujos pero sin secretos, y puedo decir que eso vale más que cualquier traje de luces. La vida es corta. No vivan una mentira, no escondan lo que sienten, porque cuando el toro de la vida te embiste, lo único que queda es lo que fuiste capaz de amar de verdad.
Yo soy Manuel, y este fue el último viaje de Francisco Rivera, el hombre que solo quería ser Paco.