Después de la muerte de mi suegro, mi esposo perezoso y desempleado creyó que había heredado setenta y cinco millones… o eso pensaba él.
Derek abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Su rostro, segundos antes rojo de arrogancia, se volvió de un gris enfermizo. Sus manos temblaban, aferradas a los reposabrazos de la silla, como si eso pudiera impedir que el mundo se le viniera encima.
—¿Ella…? —balbuceó finalmente, señalándome con un dedo rígido—. ¿Ella va a quedarse con todo?
Vincent asintió lentamente.
—Tu padre dejó instrucciones muy claras. Joanna fue quien administró la empresa cuando tú estabas “buscándote a ti mismo”. Ella firmó contratos, pagó deudas, sostuvo a la familia. Tú… —el abogado hizo una pausa— tú fuiste una decepción constante.
Derek soltó una carcajada histérica.
—¡Esto es una broma! ¡Ella es solo mi esposa! ¡Una mesera! ¡Nada de esto existiría sin mí!
Entonces, Vincent sacó un segundo documento.
—De hecho, existe otro detalle. Theodore modificó su testamento seis meses antes de morir. Joanna ya no es legalmente tu esposa.
El silencio cayó como una lápida.
Sentí que el aire se me iba del pecho.
—¿Cómo que… ya no? —susurré.

Vincent me miró con una mezcla de compasión y solemnidad.
—Tu suegro descubrió que Derek había falsificado tu firma en varios préstamos. Para protegerte, inició un proceso de separación legal en tu nombre. Todo estaba listo, solo faltaba notificarlo… cosa que ocurrió la noche que te echó de casa.
Derek se levantó de un salto.
—¡MENTIRA! —gritó—. ¡Él no haría eso! ¡Ese viejo me debía todo!
Vincent cerró el expediente con un golpe seco.
—Ese “viejo” sabía exactamente quién eras.
Derek retrocedió, como si alguien le hubiera dado una bofetada invisible. Tropezó con la mesa y cayó sentado otra vez, respirando agitadamente.
Yo lo miré. Quince años de mi vida. Y, sin embargo, el hombre frente a mí parecía un desconocido… uno pequeño, roto, vacío.
—¿Entonces… yo…? —pregunté, con la voz quebrada.
—Usted es la única heredera, señora Harrison —respondió Vincent—. O, mejor dicho… Joanna Miller. Así figura ahora.
Derek se volvió hacia mí, los ojos inyectados de desesperación.
—Joanna… amor… —dijo, arrastrándose hacia mí—. Fue un error. Estaba borracho. No quise decir lo que dije. Podemos arreglarlo. Te lo juro.
Sus manos agarraron el borde de mi silla.
—Por favor… no me hagas esto.
Lo miré en silencio.
Recordé las noches fregando platos hasta la madrugada. Los insultos. Las humillaciones. Su risa cuando yo lloraba. El sonido de mi maleta cayendo por las escaleras.
Me puse de pie.
—No te estoy haciendo nada, Derek —dije con calma—. Tú lo hiciste todo solo.
Su rostro se contrajo.
—Sin mí no eres nada —escupió—. ¡No sabes manejar una empresa! ¡Te vas a hundir! ¡Me necesitas!
Vincent intervino de inmediato.
—Señor, le sugiero que se calme. Además… hay otro punto.
Derek levantó la cabeza, con una chispa de esperanza.
—¿Qué más?
—Las deudas —respondió Vincent—. Todas las deudas personales contraídas a nombre de Derek Harrison… siguen siendo suyas. Y ascienden a poco más de doce millones.
El grito que salió de Derek fue animal.
—¡NO! ¡NO! ¡ESO ES IMPOSIBLE!
—Tarjetas, préstamos, apuestas, demandas —enumeró Vincent—. Su padre las cubrió en silencio durante años. Ya no está para hacerlo.
Derek cayó de rodillas.
Yo sentí algo romperse dentro de mí. No era compasión. Era el peso de una vida desperdiciada.
—Joanna… —sollozó—. Si me ayudas… si pagas aunque sea una parte… podemos empezar de nuevo.
Me acerqué lentamente.
—Cuando me empujaste por esas escaleras —le dije en voz baja—, algo murió en mí. Y hoy… algo muere en ti.
Me giré y caminé hacia la puerta.
Detrás de mí, escuché el golpe seco de su cuerpo contra el suelo.
Tres meses después.
La empresa prosperaba. Yo trabajaba dieciséis horas al día, pero por primera vez… cada decisión era mía. Dormía poco, pero en paz.
Una mañana, Vincent me llamó.
—Joanna… hay algo que deberías saber.
Derek había sido encontrado en un motel barato, solo, rodeado de botellas vacías. Un infarto fulminante. Cuarenta y dos años.
Colgué el teléfono y me senté.
No lloré.
Esa noche, fui al balcón de mi nuevo apartamento. La ciudad brillaba debajo de mí. Pensé en el hombre que amé. En el hombre que me destruyó. En el hombre que eligió el dinero antes que la dignidad… y terminó sin ninguno.
La tragedia no fue su muerte.
La verdadera tragedia fue que, incluso teniendo todo… nunca supo ser humano.