20 AÑOS DEL CASO CUMBRES: LA VERDAD QUE DIEGO SANTOY NO PUDO OCULTAR
La Tragedia de Cumbres: Crónica de una Obsesión
La madrugada del 2 de marzo de 2006, el silencio de la colonia Cumbres en Monterrey, México, no presagiaba la tormenta de violencia que se desataba tras las paredes de la familia Peña Coss. En una zona residencial donde imperaba la calma, se consumó un acto que sacudiría los cimientos de la sociedad entera. Bajo ese techo, dos niños pequeños —María Fernanda, de 3 años, y Erik Azur, de 7— dormían en lo que debía ser su refugio, sin saber que el peligro ya había saltado la barda.
El Escenario y los Protagonistas
La dinámica en la casa de la calle Monte Casino era compleja. Los padres, Teresa Coss y Gonzalo Peña, estaban separados. Teresa, una figura pública conocida por su trabajo como astróloga en televisión, solía estar ausente debido a compromisos laborales, delegando el peso del hogar en sus hijas mayores: Azura y Erika.
Erika, de 18 años, vivía una etapa de rebeldía silenciosa. Se sentía asfixiada por la responsabilidad de cuidar a sus hermanos menores, un rol que no había elegido. En medio de esa insatisfacción, surgió Diego Santoy Riverol. Al principio, Diego fue el novio ideal; jugaba videojuegos con Erik y era aceptado por la familia. Sin embargo, tras la fachada de “buen prospecto”, se escondía una personalidad posesiva. Cuando Erika, agotada por los celos de Diego, decidió terminar la relación, él no aceptó el rechazo. El robo de un teléfono celular por parte de Diego fue el punto de ruptura definitivo, pero para él, solo fue el inicio de un plan desesperado.

La Madrugada del Ataque
Esa noche, Teresa Coss no estaba en casa. Azura se encontraba en la planta alta con auriculares, aislada del mundo por la música. En la planta baja, Erika dormía, mientras la empleada doméstica, Catalina Bautista, descansaba en la habitación principal para cuidar a la pequeña María Fernanda.
Diego Santoy llegó a la vivienda con el rostro cubierto por un pasamontañas. Escaló la barda y entró con una determinación letal. Su primera intención, según las actas, era confrontar a Erika. Tras una breve y tensa discusión en la que ella se negó a volver con él, Diego perdió los estribos. Armado con un objeto punzante de la cocina y un mazo, desató un infierno.
Primero atacó a Erik Azur, el niño con quien solía jugar, arrebatándole la vida con una furia inexplicable. Catalina, al escuchar el alboroto, intentó intervenir, pero fue sometida, golpeada y encerrada en un baño, atada de pies y manos. El horror no terminó ahí. María Fernanda, despertada por el caos, salió al pasillo. Diego, al escuchar el eco de sus pequeños zapatos, la interceptó y, utilizando el cordón de una persiana, terminó con su vida. Finalmente, regresó por Erika, hiriéndola gravemente en el cuello y el tórax antes de golpearla con el mazo. Creyéndola muerta en medio de un charco de sangre, Diego decidió huir.
Para asegurar su escape, sacó a Catalina del baño, la obligó a subir a la cajuela del coche familiar y condujo varios kilómetros hasta el centro de Monterrey. Allí, en un acto tan extraño como cínico, la liberó entregándole diez pesos para un camión. Mientras tanto, en la casa, Erika lograba arrastrarse para pedir ayuda. Azura bajó y encontró la carnicería. La noticia corrió como pólvora: había nacido el caso del “Asesino de Cumbres”.
La Fuga y la Captura
Diego contactó a su hermano Mauricio para huir hacia el sur, con la intención de cruzar a Guatemala. La búsqueda fue nacional; su rostro estaba en cada pantalla. Cuatro días después, el 6 de marzo, la policía federal los interceptó en un retén en Oaxaca. Diego no opuso resistencia. Al ser trasladado de regreso a Monterrey, comenzó lo que sería un espectáculo mediático y judicial sin precedentes.
Los Careos y las Versiones Contradictorias
El juicio se convirtió en un campo de batalla de testimonios. Diego, en un giro defensivo, cambió su versión original. En el careo más famoso frente a Erika, él la acusó de ser la autora intelectual, afirmando que ella odiaba a sus hermanos y que el crimen fue un “pacto de amor”.
“Yo estoy dispuesto a pagar por lo mío, pero por lo tuyo no”, sentenció Diego.
Erika, con cicatrices visibles en el cuello, respondió con firmeza: “Mis manos están limpias al igual que mi alma”. Los peritajes respaldaron a la joven, confirmando que sus heridas eran de defensa y que no había evidencia de su participación activa. Diego también intentó involucrar a Teresa Coss, alegando una relación secreta con ella para desestabilizar a la familia, pero sus afirmaciones carecían de pruebas materiales y fueron descartadas como ruido mediático.
El Final de la Historia: Sentencia y Destino
El proceso judicial fue largo y tortuoso, alimentado por el morbo de una sociedad que no podía entender cómo un joven de clase media-alta se había convertido en un monstruo. Finalmente, la justicia dictó su veredicto.
Diego Santoy Riverol fue sentenciado inicialmente a 138 años de prisión, una pena que, tras varias apelaciones y procesos de reducción conforme a la ley mexicana, se fijó en 71 años. Aunque su defensa intentó reabrir el caso en múltiples ocasiones alegando irregularidades en los careos, las pruebas físicas —las huellas, el testimonio de Catalina y las heridas de Erika— permanecieron inamovibles.
Hoy, Diego permanece recluido en el penal de Cadereyta. Con el tiempo, se casó en prisión con la fundadora de su club de fans (un fenómeno social perturbador derivado del caso) y ha buscado llevar una vida de bajo perfil tras las rejas.
Erika Peña Coss, por su parte, desapareció del ojo público tras recuperarse de sus heridas. Cambió su residencia y reconstruyó su vida lejos de Monterrey, cargando con el peso de ser la única sobreviviente de una noche que le arrebató a sus hermanos. La casa de Cumbres, el escenario de la tragedia, fue demolida años después, como si la ciudad quisiera borrar de su mapa el lugar donde la inocencia fue sacrificada por la obsesión.
El caso Cumbres se cerró legalmente, pero la pregunta sobre qué habitaba realmente en la mente de Diego esa madrugada sigue siendo un enigma que los archivos judiciales nunca podrán explicar por completo. La historia termina donde empezó: con el recuerdo de dos niños que nunca debieron despertar en medio de una pesadilla.